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Uso del lanzallamas en la guerra: tácticas y evolución histórica

Publicado 8. agosto 2025 Actualizado 16. junio 2026

¿Cómo utilizaron los soldados los lanzallamas en la guerra?

El lanzallamas es una de las armas más temidas de la historia militar moderna. Capaz de proyectar un chorro de líquido inflamable encendido a decenas de metros de distancia, fue adoptado por los ejércitos de las grandes potencias durante el siglo XX como herramienta para desalojar al enemigo de posiciones fortificadas, trincheras y búnkeres. Su eficacia no solo era física, sino profundamente psicológica: la sola visión de las llamas en el campo de batalla bastaba, en muchos casos, para provocar la rendición inmediata del adversario.

¿Cómo utilizaron los soldados los lanzallamas en la guerra?

Origen: la Primera Guerra Mundial y las trincheras

El lanzallamas moderno fue desarrollado en Alemania a principios del siglo XX por Richard Fiedler, quien perfeccionó el concepto hasta convertirlo en un arma militar manejable. Su primer uso en combate documentado tuvo lugar el 26 de febrero de 1915, cerca de Verdún, cuando tropas alemanas lo emplearon contra posiciones francesas. El contexto no era casual: la guerra de trincheras había creado un escenario donde el avance convencional resultaba casi imposible, y se necesitaban armas capaces de operar en espacios reducidos y recónditos.

En la Primera Guerra Mundial, los modelos portátiles alemanes requerían dos operarios: uno cargaba el depósito de combustible y nitrógeno comprimido a presión, mientras el otro manejaba la manguera y la lanza. Los primeros sistemas de encendido eran manuales y peligrosos; versiones posteriores incorporaron encendido automático. Las unidades especializadas, conocidas como Sturmpioniere (pioneros de asalto), utilizaban el arma combinada con granadas y subfusiles para infiltrarse en las líneas enemigas, neutralizar ametralladoras y limpiar las conexiones entre trincheras.

Expansión en la Segunda Guerra Mundial

El Tratado de Versalles de 1919 prohibió expresamente a Alemania fabricar o poseer lanzallamas, lo que paradójicamente confirmaba su eficacia reconocida por los vencedores. Al estallar la Segunda Guerra Mundial, Alemania había desarrollado al menos diez modelos diferentes, tanto portátiles como estacionarios y montados en vehículos acorazados. Los Flammpanzer II y Flammpanzer III fueron tanques modificados para lanzar fuego en lugar de proyectiles convencionales, extendiendo considerablemente el alcance y la protección del operario.

Gran Bretaña desarrolló el tanque Churchill Crocodile, que arrastraba un remolque con 1.800 litros de combustible y podía lanzar llamas hasta 110 metros. Los canadienses emplearon este sistema con gran eficacia durante la liberación de Europa occidental en 1944. Mientras tanto, Estados Unidos, aunque fue el último de los grandes beligerantes en desarrollar lanzallamas portátiles, se convirtió rápidamente en su usuario más frecuente e innovador, especialmente en el teatro del Pacífico.

El Pacífico y la batalla de Iwo Jima

El escenario donde el lanzallamas demostró mayor utilidad táctica fue el teatro del Pacífico. La táctica defensiva japonesa consistía en construir redes de túneles, búnkeres subterráneos y posiciones camufladas desde las que resistir hasta el último hombre. Las armas convencionales tenían escaso efecto contra estas estructuras: las bombas no siempre penetraban, y la infantería que intentaba asaltar la entrada de un fortín quedaba expuesta al fuego cruzado.

El lanzallamas resolvió este problema de forma brutal y directa. Durante la batalla de Iwo Jima (febrero-marzo de 1945), los marines estadounidenses utilizaron tanto unidades portátiles como tanques Sherman M4A3 equipados con la torre lanzallamas Mark 1. Estos últimos resultaron ser las armas más valoradas en toda la campaña: podían acercarse a la boca de un fortín y saturar su interior de llamas sin necesidad de que un soldado de infantería se expusiera. La táctica combinada era precisa: la artillería suprimía el área, los tanques avanzaban hacia la entrada del búnker y disparaban, y la infantería cubría los flancos para evitar contraataques.

Sin embargo, los operarios de lanzallamas portátiles pagaban un precio altísimo. La mochila con los depósitos de combustible los convertía en blancos prioritarios para los francotiradores japoneses, que sabían que eliminar al portador del lanzallamas podía salvar una posición entera. En algunas unidades de marines en Iwo Jima, la tasa de bajas entre los operarios de lanzallamas alcanzó el 92 por ciento. Estudios militares de la época estimaron que la esperanza de vida media de uno de estos soldados en combate activo era de apenas cuatro minutos.

Técnicas de empleo y riesgos para el operario

El uso táctico del lanzallamas portátil requería entrenamiento especializado y una coordinación estrecha con el resto de la unidad. El operario nunca actuaba solo: necesitaba que sus compañeros lo protegieran mientras él maniobrava hacia el objetivo. El procedimiento estándar incluía una fase de supresión del fuego enemigo, un avance rápido hacia la posición a neutralizar y la descarga del combustible inflamable en el interior. El fuego consumía el oxígeno disponible en espacios cerrados, causando la asfixia además de las quemaduras.

Los modelos portátiles más usados en la Segunda Guerra Mundial, como el M1 y el M2 americanos, pesaban entre 30 y 35 kilogramos con los depósitos llenos y podían lanzar entre ocho y diez descargas de dos o tres segundos antes de agotarse. El alcance efectivo oscilaba entre los 20 y los 40 metros según el modelo y las condiciones atmosféricas. El viento, la humedad y la pendiente del terreno influían notablemente en la dirección del chorro, por lo que los operarios debían calcular cuidadosamente su posición antes de disparar.

Un riesgo adicional y poco mencionado era el del fuego de retroceso: si el chorro incandescente era interceptado por el viento o rebotaba en una superficie, podía volver hacia el propio operario o sus compañeros. Además, los depósitos de combustible a presión podían explotar si eran alcanzados por disparos enemigos, lo que convertía al portador en una bomba ambulante.

Corea, Vietnam y el declive del arma

El lanzallamas siguió en uso durante la Guerra de Corea (1950-1953), donde el modelo M2 fue empleado contra posiciones comunistas en colinas y bunkers. En Vietnam, el Ejército y los marines estadounidenses recurrieron a él de nuevo en combates de jungla y contra posiciones subterráneas como las del sistema de túneles de Cu Chi. La guerra de Vietnam representó el último conflicto en que las fuerzas armadas de Estados Unidos emplearon lanzallamas portátiles en combate.

En 1978, el Departamento de Defensa estadounidense retiró oficialmente el lanzallamas de su arsenal táctico. Las razones combinaban consideraciones humanitarias, logísticas y estratégicas: el arma generaba una opinión pública muy negativa, su mantenimiento era complejo, y los nuevos sistemas de cohetes con cargas incendiarias podían alcanzar objetivos similares con mayor seguridad para el operario. Otros ejércitos occidentales siguieron tendencias parecidas durante las décadas de 1980 y 1990.

Marco legal internacional

El lanzallamas como arma específica no está prohibido por ningún tratado internacional, pero su uso queda condicionado por el Protocolo III de la Convención sobre Ciertas Armas Convencionales de 1980, que regula el empleo de armas incendiarias. Dicho protocolo prohíbe el ataque con estas armas a poblaciones civiles y restringe su uso aéreo en zonas donde haya presencia civil. En términos militares estrictos, el empleo de lanzallamas contra combatientes enemigos en posiciones militares legítimas no está vedado por el derecho internacional humanitario, aunque la dificultad de controlar sus efectos lo hace problemático en entornos urbanos.

En 2026, ningún ejército occidental mantiene lanzallamas portátiles como arma estándar de infantería. Sin embargo, algunos países, entre ellos Rusia, conservan sistemas similares de proyección de mezclas termobaras e incendiarias bajo la denominación de "lanzadores de llama pesados", como el TOS-1A montado en chasis de tanque, que ha sido documentado en distintos conflictos recientes.

Preguntas frecuentes

¿Cuándo se usó por primera vez el lanzallamas en una guerra?

El primer uso documentado en combate tuvo lugar el 26 de febrero de 1915, durante la Primera Guerra Mundial, cuando el ejército alemán lo empleó contra posiciones francesas cerca de Verdún.

¿Para qué servía tácticamente el lanzallamas en la guerra?

Su función principal era desalojar al enemigo de posiciones fuertemente protegidas como trincheras, búnkeres, cuevas y fortines, donde las armas convencionales eran poco eficaces. También tenía un marcado efecto psicológico que podía provocar rendiciones inmediatas.

¿Era peligroso ser operario de lanzallamas?

Extremadamente. Los portadores eran objetivos prioritarios para los francotiradores enemigos. En la batalla de Iwo Jima (1945), algunas unidades de marines con lanzallamas registraron tasas de bajas del 92 por ciento. Se estimaba que la esperanza de vida en combate activo era de unos cuatro minutos.

¿Está prohibido el uso de lanzallamas en la guerra?

No existe una prohibición específica, pero el Protocolo III de la Convención sobre Ciertas Armas Convencionales de 1980 restringe el empleo de armas incendiarias contra civiles. Su uso contra objetivos militares sigue siendo legal en el derecho internacional humanitario, aunque muy limitado en la práctica moderna.

¿Cuándo dejaron de usarse los lanzallamas en los ejércitos modernos?

Estados Unidos retiró oficialmente el lanzallamas portátil de su arsenal táctico en 1978, tras el último uso en Vietnam. La mayoría de los ejércitos occidentales los eliminaron de su equipamiento estándar entre las décadas de 1980 y 1990.

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