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Historia de los bancos de sangre y las transfusiones sanguíneas

Publicado 20. agosto 2025 Actualizado 16. junio 2026

Historia
Historia · Public domain · Wikimedia

La transfusión de sangre es una de las intervenciones médicas más frecuentes del mundo moderno: solo en la Unión Europea se realizan más de 25 millones de transfusiones al año, y en torno a 118 millones de donaciones se recogen globalmente cada doce meses. Sin embargo, el camino desde las primeras teorías hasta los actuales centros de hemoterapia y medicina transfusional ha sido accidentado, marcado por fracasos letales, revoluciones científicas y, en plena guerra, el ingenio de médicos que tuvieron que improvisar sistemas logísticos sin precedente.

Los primeros intentos: del misticismo al experimento (siglos XVII-XVIII)

La idea de transferir sangre de un cuerpo a otro es antiquísima. Diversas culturas atribuían a la sangre propiedades regenerativas o mágicas, y hay indicios de que algunas comunidades aborígenes australianas practicaban formas rudimentarias de transfusión siglos antes de que la medicina europea se interesara por ello.

El punto de inflexión intelectual llegó en 1628, cuando William Harvey publicó De motu cordis et sanguinis in animalibus, estableciendo el modelo de circulación sanguínea. A partir de ahí, la idea de introducir sangre en el sistema circulatorio de otra persona dejó de parecer absurda. En 1665, el médico inglés Richard Lower realizó con éxito la primera transfusión animal documentada entre perros. Dos años después, el médico francés Jean-Baptiste Denis llevó a cabo la primera transfusión en humanos registrada de la que se tiene constancia: transfirió sangre de un cordero a un joven enfermo, que sobrevivió —probablemente porque recibió muy poca cantidad—. Un intento posterior acabó con la muerte del paciente, y Denis fue acusado de asesinato. La controversia fue tal que Francia y otras naciones europeas prohibieron la práctica durante décadas.

Durante el siglo XVIII las transfusiones quedaron prácticamente paralizadas, eclipsadas por la prohibición religiosa y civil, y por la ausencia de una teoría sólida sobre la compatibilidad de la sangre.

El siglo XIX: transfusiones humanas y el problema de la coagulación

En 1818, el obstetra británico James Blundell realizó la primera transfusión de sangre humana a humano con éxito documentado, motivado por las muertes por hemorragia postparto que presenciaba. Entre 1825 y 1830 efectuó diez transfusiones más, de las que cuatro resultaron exitosas. Blundell también diseñó instrumental específico para extraer y reinyectar la sangre, sembrando la base del instrumental transfusional.

A lo largo del siglo XIX surgieron intentos dispersos en Europa y América, pero todos chocaban con el mismo obstáculo: la sangre se coagulaba rápidamente en los recipientes, lo que hacía casi imposible cualquier traslado o almacenamiento. El único método viable era la transfusión directa de vena a vena entre donante y receptor, sin posibilidad de conservación.

El descubrimiento de los grupos sanguíneos: la clave de la compatibilidad

En 1901, el médico austríaco Karl Landsteiner publicó el hallazgo que cambiaría la historia de la medicina: al mezclar sangre de distintas personas, observó que en ciertos casos los glóbulos rojos se aglutinaban. Identificó tres grupos —A, B y O— y comprendió que la incompatibilidad entre grupos era la causa de la mayoría de las muertes por transfusión. Un año después, sus alumnos Adriano Sturli y Alfred von Decastello describieron el cuarto grupo, AB. En 1907, Jan Janský sistematizó la clasificación ABO tal como se usa hoy.

Este descubrimiento permitió realizar cruzamientos de compatibilidad antes de transfundir, reduciendo drásticamente la mortalidad. Landsteiner recibiría el Premio Nobel de Fisiología o Medicina en 1930. Treinta años más tarde, en 1939-1940, el propio Landsteiner, junto con Alex Wiener, Philip Levine y R.E. Stetson, describió el factor Rh, la segunda gran variable de compatibilidad sanguínea.

El otro gran problema —la coagulación— se resolvió entre 1914 y 1915. El médico argentino Luis Agote y, de forma independiente, el belga Albert Hustin demostraron que el citrato de sodio podía actuar como anticoagulante sin resultar tóxico a dosis adecuadas. En 1915, el estadounidense Richard Lewisohn determinó la concentración mínima efectiva del citrato, y ese mismo año Richard Weil demostró que la sangre anticoagulada podía refrigerarse y conservarse durante días. La transfusión indirecta —extraer, conservar y transfundir en momentos distintos— ya era posible.

El nacimiento de los bancos de sangre

El concepto de «banco de sangre» —un depósito organizado donde conservar donaciones para usarlas cuando fuera necesario— tardó aún dos décadas en materializarse. En 1932, el médico soviético Serguéi Yudin estableció en Leningrado un servicio de transfusiones con sangre cadavérica refrigerada, considerado el primer banco de sangre institucionalizado, aunque de naturaleza muy distinta a los actuales.

En 1937, el médico Bernard Fantus creó en el Cook County Hospital de Chicago el primer banco de sangre de donantes voluntarios en Estados Unidos, acuñando oficialmente el término «blood bank». Fantus sistematizó el proceso de extracción, conservación y registro de donaciones, estableciendo el modelo organizativo que se extendería por todo el mundo.

España y el primer banco de sangre de donantes del mundo

Un hito a menudo silenciado en los libros de historia general ocurrió en Barcelona, en plena Guerra Civil española. En 1936, el médico catalán Frederic Durán i Jordà (1905-1957) recibió el encargo de organizar un servicio de transfusiones para atender a heridos del frente republicano. Durán creó el Servicio de Transfusión de Sangre de Barcelona, considerado por muchos historiadores el primer banco de sangre de donantes voluntarios del mundo, anterior al de Chicago.

Su aportación fue técnica y logística a la vez: ideó un sistema de conservación en botellas de vidrio estériles a 2 °C que permitía mantener la sangre en buen estado durante quince días. Organizó redes de donantes voluntarios, estableció protocolos de tipificación por grupos ABO y cribado de sífilis, y desarrolló un sistema de transporte hacia el frente. En el momento álgido del conflicto, el servicio gestionaba más de mil donantes registrados. Con el fin de la guerra y la victoria franquista en 1939, Durán i Jordà tuvo que exiliarse al Reino Unido, donde colaboró con la Cruz Roja Británica durante la Segunda Guerra Mundial.

La Segunda Guerra Mundial: la transfusión a escala industrial

Ningún otro evento hizo avanzar tanto la medicina transfusional como la Segunda Guerra Mundial. La necesidad de atender a millones de heridos en múltiples frentes obligó a desarrollar sistemas logísticos de recogida, conservación y transporte de sangre sin precedentes. En Estados Unidos, la Cruz Roja Americana organizó campañas masivas de donación que recogieron más de 13 millones de litros de plasma sanguíneo entre 1941 y 1945.

El plasma, que podía liofilizarse y transportarse sin refrigeración, fue fundamental para tratar el shock hipovolémico en el campo de batalla. Al mismo tiempo, se consolidaron los primeros estándares internacionales de seguridad transfusional y se perfeccionaron los sistemas de tipificación y cruzamiento de sangre.

Avances de la segunda mitad del siglo XX

En las décadas posteriores a la guerra, la medicina transfusional se diversificó y sofisticó. Los principales avances incluyeron:

  • Fraccionamiento del plasma: Edwin Cohn desarrolló técnicas para separar los componentes del plasma —albumina, factores de coagulación, inmunoglobulinas—, lo que permitió tratar enfermedades específicas con el componente adecuado.
  • Bolsas de plástico: A partir de los años 50, las bolsas de plástico estériles sustituyeron a las botellas de vidrio, reduciendo el riesgo de contaminación y facilitando la separación de componentes.
  • Cribado de enfermedades transmisibles: Desde los años 70 y especialmente tras la crisis del VIH en los 80, los bancos de sangre incorporaron análisis sistemáticos para detectar hepatitis B, hepatitis C, VIH, sífilis y otros patógenos. Hoy las técnicas de amplificación de ácidos nucleicos (NAT) permiten detectar infecciones en el período de ventana.
  • Aféresis: La tecnología de aféresis permite extraer selectivamente un componente de la sangre del donante —plaquetas, plasma, glóbulos rojos— y devolver el resto, aumentando la eficiencia de cada donación.

Estado actual y perspectivas en 2026

En 2026, los bancos de sangre son infraestructuras sanitarias complejas que gestionan no solo sangre completa, sino también hematíes, plaquetas, plasma fresco congelado, crioprecipitados y células progenitoras hematopoyéticas. La trazabilidad informática, los sistemas de irradiación y la leucorreducción son estándares habituales en países de renta alta.

Sin embargo, la dependencia de donantes voluntarios sigue siendo el talón de Aquiles del sistema: muchos países de ingresos bajos y medios mantienen una oferta insuficiente y dependen de donaciones de reposición familiar. La Organización Mundial de la Salud (OMS) estima que aún se necesitan cientos de millones de donaciones adicionales anuales para cubrir la demanda global.

En el ámbito de la investigación, la sangre artificial y los sustitutos de la hemoglobina concentran un creciente interés. ErythroMer, un sustituto basado en hemoglobina humana encapsulada, completó ensayos preclínicos prometedores en 2024 con respaldo de la agencia DARPA de Estados Unidos. Paralelamente, los avances en la generación de glóbulos rojos a partir de células madre pluripotentes inducidas (iPSC) han permitido, en estudios de 2025, obtener hasta 4.600 hematíes por célula de partida. Estas tecnologías no tienen aún aplicación clínica masiva, pero marcan la dirección en la que la transfusiología podría evolucionar en las próximas décadas.

Preguntas frecuentes

¿Cuándo se realizó la primera transfusión de sangre humana exitosa?

La primera transfusión de sangre humana a humano con éxito documentado fue realizada por el médico británico James Blundell en 1818, motivada por hemorragias postparto. Sin embargo, las transfusiones humanas sistemáticas y seguras solo fueron posibles a partir de 1907, tras el descubrimiento de los grupos sanguíneos ABO por Karl Landsteiner en 1901.

¿Quién descubrió los grupos sanguíneos?

Karl Landsteiner, médico austríaco, describió los grupos A, B y O en 1901, observando que la mezcla de sangres incompatibles producía aglutinación. En 1902, sus alumnos identificaron el grupo AB. En 1939-1940, el propio Landsteiner, junto con otros investigadores, describió el factor Rh. Este trabajo le valió el Premio Nobel de Fisiología o Medicina en 1930.

¿Dónde se creó el primer banco de sangre?

Depende de la definición. En 1932, Serguéi Yudin estableció en Leningrado un servicio con sangre cadavérica. En 1936, el catalán Frederic Durán i Jordà organizó en Barcelona el primer banco con donantes voluntarios vivos del mundo. En 1937, Bernard Fantus creó en Chicago el primer banco de sangre en EE. UU., popularizando el término «blood bank».

¿Por qué la sangre no se coagulaba antes de los bancos modernos?

El problema se resolvió en 1914-1915, cuando Luis Agote en Argentina y Albert Hustin en Bélgica demostraron que el citrato de sodio, a dosis adecuadas, actúa como anticoagulante no tóxico. Esto permitió conservar la sangre fuera del cuerpo y realizar transfusiones indirectas, almacenando la sangre en frío hasta el momento de la transfusión.

¿Existe ya la sangre artificial?

En 2026, no existe ningún sustituto de la sangre aprobado para uso clínico generalizado. Sí hay productos en investigación avanzada: sustitutos basados en hemoglobina modificada (como ErythroMer, que completó ensayos preclínicos exitosos en 2024) y glóbulos rojos producidos en laboratorio a partir de células madre. Se espera que algunos de estos productos alcancen ensayos clínicos amplios en los próximos años.

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