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Por qué ha existido la guerra en el mundo a lo largo de los siglos

Publicado 24. noviembre 2024 Actualizado 23. junio 2026

¿Por qué ha existido la guerra en el mundo por siglos?

La guerra es uno de los fenómenos más persistentes y devastadores de la historia humana. Desde las batallas entre ciudades-estado en la Mesopotamia del tercer milenio antes de Cristo hasta los más de 110 conflictos armados activos registrados en 2026 por el Comité Internacional de la Cruz Roja, la violencia organizada entre grupos ha acompañado a las civilizaciones en casi cada etapa de su desarrollo. Comprender por qué existe la guerra exige analizar un conjunto entrelazado de factores: la competencia por recursos, las estructuras de poder, la identidad colectiva, la ideología y los mecanismos propios de la psicología humana.

¿Por qué ha existido la guerra en el mundo por siglos?

La guerra como constante histórica

Los datos arqueológicos muestran evidencia de violencia organizada incluso entre grupos de cazadores-recolectores prehistóricos, lo que sitúa los orígenes del conflicto armado mucho antes del surgimiento de los Estados. A lo largo de la historia registrada, apenas se cuentan décadas sin alguna guerra en curso en algún rincón del mundo. El siglo XX fue el más letal: los conflictos armados causaron alrededor de 110 millones de muertes, incluyendo los aproximadamente 16 millones de la Primera Guerra Mundial y entre 40 y 70 millones de la Segunda, según distintas estimaciones. En 2026, el Instituto para la Economía y la Paz (IEP) registra 56 guerras activas y constata que 92 países están involucrados en conflictos más allá de sus propias fronteras, el nivel más alto desde 1945.

La competencia por recursos y territorio

Una de las explicaciones más antiguas y documentadas de la guerra es la disputa por recursos escasos: tierra fértil, agua, minerales, rutas comerciales o fuentes de energía. El geopolítico Brooks Adams ya señalaba a principios del siglo XX que la distribución de las riquezas naturales actúa como motor de la historia y causa directa de los conflictos entre potencias. Esta lógica aparece en conflictos tan dispares como las guerras de conquista de los imperios romano o mongol, las guerras coloniales europeas de los siglos XVI al XX, o las pugnas contemporáneas por el control de yacimientos de petróleo, gas y minerales estratégicos en el Sahel, el Golfo Pérsico y Asia Central.

La escasez de recursos no opera de forma aislada: se combina con desequilibrios demográficos, cambio climático y fragilidad institucional para generar presión sobre los Estados y comunidades. En muchos conflictos del siglo XXI, la competencia por el agua o la tierra cultivable actúa como detonante subyacente, aunque las narrativas públicas articulen el conflicto en términos étnicos, religiosos o políticos.

El poder, la geopolítica y la lógica del Estado

El teórico militar prusiano Carl von Clausewitz formuló en el siglo XIX una de las definiciones más influyentes de la guerra: "la continuación de la política por otros medios". Desde esta perspectiva, la guerra no es una ruptura del orden político, sino su expresión más extrema. Los Estados utilizan la fuerza militar para alcanzar objetivos que la diplomacia o el comercio no logran: controlar territorios estratégicos, disuadir a rivales, imponer tratados o proteger intereses nacionales en el exterior.

La escuela realista de las relaciones internacionales sostiene que, en ausencia de una autoridad global capaz de imponer el orden, los Estados viven en un sistema de anarquía donde la desconfianza mutua, la búsqueda de seguridad y la acumulación de poder generan ciclos de tensión y conflicto. El llamado "dilema de seguridad" describe cómo las medidas defensivas de un Estado son percibidas como amenazas por sus vecinos, desencadenando espirales de rearme y hostilidad que pueden desembocar en guerra aunque ninguna de las partes la busque conscientemente.

La distribución desigual del poder internacional también explica muchos conflictos. Las guerras de hegemonía, como las guerras napoleónicas o la Guerra Fría materializada en conflictos por delegación (Corea, Vietnam, Angola), reflejan la competencia de grandes potencias por definir el orden mundial en su favor.

Nacionalismo, ideología y religión

A partir del siglo XIX, el nacionalismo se convierte en uno de los catalizadores más potentes de la guerra. La idea de que cada nación —definida por lengua, etnia, historia o cultura— debe poseer su propio Estado llevó a conflictos de unificación (Italia, Alemania), guerras de independencia y, en su versión más extrema, al imperialismo racial que precipitó la Segunda Guerra Mundial. El historiador John Hutchinson señala que el nacionalismo no actúa solo: se fusiona con otras ideologías —republicanismo, socialismo, conservadurismo— para movilizar a poblaciones enteras hacia el conflicto armado.

La religión ha actuado históricamente como factor de cohesión interna y de diferenciación frente al "otro", legitimando guerras de conquista o defensa como misiones sagradas. Las Cruzadas medievales, las guerras de religión europeas del siglo XVI, el jihad en distintas épocas o los conflictos confesionales en Irlanda del Norte o el Líbano ilustran cómo la fe puede armarse políticamente. En el mundo contemporáneo, la religión suele entretejerse con el nacionalismo y las disputas por recursos, raramente operando como causa única.

Las ideologías políticas del siglo XX —fascismo, comunismo, liberalismo— generaron guerras civiles e internacionales de enormes proporciones. La Guerra Civil Española, la guerra de Corea o la intervención en Vietnam respondían en buena medida a pugnas entre modelos de organización social incompatibles.

La dimensión psicológica y evolutiva

Desde la biología evolucionista y la psicología, se ha argumentado que ciertos impulsos relacionados con la agresividad, la defensa del grupo y la desconfianza hacia el extraño tienen raíces en la historia evolutiva de la especie. Sigmund Freud, en su correspondencia con Albert Einstein publicada en 1933 bajo el título ¿Por qué la guerra?, sostenía que la pulsión de muerte (Thanatos) coexiste en el ser humano con el impulso de vida (Eros), y que la cohesión de las comunidades se construye parcialmente sobre la violencia compartida y la proyección de la agresión hacia el exterior.

Sin embargo, la antropóloga Margaret Mead argumentaba que la guerra no es una inevitabilidad biológica, sino una invención cultural: hay sociedades que han desarrollado mecanismos alternativos para resolver conflictos sin recurrir a la violencia organizada. Esta posición abre la puerta a pensar la paz como algo construible, no como una excepción frágil.

Investigaciones contemporáneas en neurociencia y psicología social documentan cómo sesgos cognitivos como el pensamiento grupal, la deshumanización del adversario o el sesgo de confirmación facilitan que individuos y sociedades acepten o apoyen el uso de la violencia contra otros grupos. Los líderes políticos han explotado históricamente estos mecanismos mediante la propaganda para movilizar poblaciones hacia la guerra.

El siglo XXI y la conflictividad en 2026

En 2026, el planeta atraviesa uno de sus momentos de mayor conflictividad desde el fin de la Segunda Guerra Mundial. Según datos del CICR y organizaciones de monitoreo independientes, hay más de 110 conflictos armados activos distribuidos principalmente en Oriente Próximo y el Norte de África (más de 45), África subsahariana (más de 35), Asia (21), Europa (7, incluyendo la guerra en Ucrania, iniciada con la invasión rusa de 2022) y América Latina (6). Esta cifra es más del doble de la registrada hace 15 años y casi cuatro veces superior a la de hace tres décadas.

Las causas de esta escalada son múltiples: la erosión del orden multilateral construido tras 1945, el retroceso de las instituciones democráticas en varios países, el impacto del cambio climático sobre los recursos hídricos y agrícolas, el auge de actores armados no estatales y la proliferación de tecnologías militares. Conflictos como el de Sudán, el Sahel o Gaza combinan en proporciones variables rivalidades étnicas, disputas por recursos, injerencia exterior y colapso institucional.

¿Por qué la guerra persiste pese al coste humano?

Una pregunta central es por qué la guerra persiste cuando sus costes —en vidas, infraestructura, bienestar y desarrollo— son evidentes y documentados. La respuesta está en la asimetría entre quienes toman las decisiones de ir a la guerra y quienes la padecen; en la lógica de corto plazo de los actores políticos; en la rentabilidad que la guerra genera para determinadas élites económicas o militares; y en la ausencia de mecanismos globales vinculantes capaces de imponer la resolución pacífica de los conflictos. El filósofo Immanuel Kant, en su Proyecto de paz perpetua (1795), ya identificaba que la guerra tiende a ser decidida por gobernantes que no soportan sus consecuencias personales.

Preguntas frecuentes

¿Cuál es la causa principal de la guerra?

No existe una causa única. La guerra surge de la confluencia de factores como la competencia por recursos y territorio, las estructuras de poder entre Estados, el nacionalismo, la ideología, la religión y los mecanismos psicológicos que facilitan la deshumanización del adversario. Según la teoría realista de las relaciones internacionales, la anarquía del sistema internacional —es decir, la ausencia de una autoridad global vinculante— es el marco estructural que hace posible la guerra.

¿Cuántas guerras hay activas en el mundo en 2026?

En 2026, el Comité Internacional de la Cruz Roja (CICR) documenta más de 110 conflictos armados activos en todo el mundo. El Instituto para la Economía y la Paz (IEP) registra 56 guerras activas e indica que 92 países están involucrados en conflictos fuera de sus propias fronteras, la cifra más alta desde 1945.

¿Es la guerra inherente a la naturaleza humana?

Esta cuestión está debatida. Desde la biología evolucionista, algunos investigadores señalan que impulsos como la agresividad intergrupal tienen raíces evolutivas. Sin embargo, la antropóloga Margaret Mead argumentó que la guerra es una invención cultural y que existen sociedades que resuelven los conflictos sin violencia organizada. El consenso académico actual apunta a que la guerra no es inevitable, pero sí es un resultado probable en determinadas condiciones estructurales, políticas y psicológicas.

¿Qué papel juegan los recursos naturales en el origen de los conflictos?

Los recursos naturales —tierra, agua, petróleo, minerales estratégicos— han sido causa directa o subyacente de numerosas guerras a lo largo de la historia. La competencia por recursos escasos se intensifica con el cambio climático y el crecimiento demográfico, y actúa frecuentemente como detonante de conflictos que luego se articulan en términos étnicos, religiosos o ideológicos.

¿Es posible un mundo sin guerras?

Filósofos como Kant y tradiciones como el liberalismo internacionalista han defendido que la extensión de la democracia, el comercio y las instituciones multilaterales puede reducir drásticamente la probabilidad de la guerra. Los datos muestran que los Estados democráticos rara vez se enfrentan entre sí militarmente (paz democrática). Sin embargo, en 2026 la tendencia global es de aumento del conflicto, lo que refleja la distancia entre ese ideal y las condiciones actuales del sistema internacional.

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