El farolero: el oficio de encender faroles antes de la electricidad
El farolero —también llamado encendedor de faroles— fue durante siglos una figura imprescindible en las ciudades europeas y americanas. Su misión consistía en encender, apagar y mantener en buen estado los faroles de alumbrado público que iluminaban las calles al caer la noche. Antes de la llegada de la electricidad, la oscuridad urbana era un peligro real: propiciaba accidentes, robos y desorientación. El farolero era, en cierta medida, quien cada día devolvía la luz a la ciudad.
Orígenes del oficio
Los primeros intentos de iluminación pública urbana se remontan al siglo XVI, aunque de forma muy rudimentaria. En España, una ordenanza de Felipe V fechada en 1717 obligaba a cada vecino de Madrid a colgar un farol en la fachada de su casa; el resultado fue desigual e insuficiente. La aparición formal del farolero como empleado público se consolidó en 1765, cuando Carlos III ordenó instalar un sistema de alumbrado público organizado en los ocho cuarteles o distritos de Madrid. Desde entonces, el municipio contrató a personas específicamente encargadas de encender y apagar los candiles de aceite o las velas de sebo que llenaban las calles de luz.
En Europa, el oficio adquirió una dimensión industrial con la llegada del gas. En 1807, Friedrich Albert Winzer inauguró en Pall Mall, Londres, el primer alumbrado público de gas, lo que transformó radicalmente la profesión: los faroles eran ahora más potentes, pero también más complejos de operar y mantener. En 1835, en Madrid, el marqués viudo de Pontejos ordenó sustituir los viejos faroles de aceite por otros nuevos de gas, integrando al farolero en una red técnica de tuberías y válvulas.
Rutina diaria: encender, mantener y apagar
La jornada del farolero estaba dictada por la luz solar. Antes del anochecer, los trabajadores se reunían en un punto central —en Madrid, habitualmente en la Puerta del Sol— donde los supervisores municipales les entregaban los materiales necesarios para la noche. Cada farolero recibía su asignación de rutas y partía hacia su zona.
Al llegar a cada farol, subía si era necesario con su escalera, limpiaba el cristal con paños, ajustaba el combustible —aceite, sebo o gas según la época— y encendía la llama. Con los faroles de gas, la operación requería abrir la válvula de suministro con un gancho o palanca incorporado a la lanza, y acercar la llama piloto para prender el gas. El viento era el principal enemigo: una ráfaga podía apagar la llama recién encendida, obligando a repetir la operación. Terminada la ruta, el farolero debía volver sobre sus pasos antes del amanecer para apagar todos los faroles que había encendido, cerrando las válvulas o extinguiendo la llama con el gancho.
Además del encendido y apagado, el farolero se ocupaba del mantenimiento ordinario: limpieza de los vidrios, reposición de mechas y aceite, comprobación del estado de las piezas metálicas, y aviso al ayuntamiento cuando algún farol presentaba daños que requerían reparación especializada.
Herramientas del oficio
El equipamiento del farolero variaba según la época y el tipo de combustible, pero incluía de manera habitual los siguientes elementos:
- La lanza o chuzo: un palo largo —a menudo de dos a tres metros— que en su extremo superior llevaba un mechero o torcha encendida y, en el lado opuesto, un gancho metálico para operar las válvulas de gas o los pestillos de los faroles.
- La escalera: indispensable para alcanzar los faroles elevados en postes o muros.
- La alcuza: aceitera o recipiente para transportar el aceite de relleno en la era pre-gas.
- Paños y trapos: para limpiar los cristales y retirar el hollín acumulado.
- Una linterna personal: el farolero necesitaba luz propia para moverse antes de que los faroles de la calle estuviesen encendidos.
- Un silbato o pito: utilizado en algunas ciudades para comunicarse con otros trabajadores o con los serenos.
En la etapa del gas, algunos faroleros utilizaban pastillas de carburo de calcio en el extremo de la lanza: al reaccionar con el agua, generaban gas acetileno, que ardía con facilidad y les proporcionaba una llama portátil más fiable que una simple mecha de aceite.
El farolero como figura de orden público
En muchas ciudades, el farolero no era sólo un técnico del alumbrado: su presencia nocturna en las calles lo convertía en un observador del orden urbano. En algunas comunidades cumplía funciones similares a las del sereno, vigilando el entorno durante sus rondas y dando aviso de incidentes o situaciones de peligro. En Madrid, el oficio de farolero y el de sereno compartían el espacio nocturno de la ciudad y, en ocasiones, cooperaban en el mantenimiento de la seguridad.
En España, los faroleros eran empleados municipales con rutas fijas y jerarquías internas. En Madrid, el sistema llegó a contar con 115 faroleros que gestionaban aproximadamente 4.600 faroles, a razón de unos 40 faroles por trabajador.
La llegada del gas y su impacto en el oficio
La generalización del alumbrado de gas durante el siglo XIX transformó el oficio sin eliminarlo. Los faroles de gas eran más luminosos y duraderos que los de aceite, pero seguían requiriendo encendido manual al anochecer. El farolero tuvo que adquirir nuevos conocimientos técnicos: entender el funcionamiento de las válvulas, reconocer fugas, manejar con seguridad llamas más potentes. En este período, el oficio alcanzó su máxima extensión urbana: casi todas las ciudades de cierta envergadura en Europa y América contaban con equipos de faroleros municipales.
Hacia finales del siglo XIX comenzaron a desarrollarse mecanismos automáticos de encendido, controlados por relojes o por la propia presión del gas, que reducían progresivamente la dependencia del trabajo manual.
Desaparición del oficio
La introducción del alumbrado eléctrico en las últimas décadas del siglo XIX y primeras del XX condenó definitivamente el oficio. Las bombillas eléctricas no necesitaban ser encendidas ni apagadas a mano: funcionaban mediante interruptores centrales que el ayuntamiento podía activar desde un punto único. En Madrid, el oficio del farolero desapareció en torno a 1930, coincidiendo con la electrificación generalizada del alumbrado urbano.
Como reconocimiento a su labor histórica, en 1999 el escultor Félix Hernando instaló en la calle Concepción Jerónima de Madrid una escultura de bronce que rinde homenaje a los faroleros madrileños. La figura representa a un farolero en plena faena, con su escalera y su lanza, como testigo permanente de un oficio que durante más de un siglo mantuvo encendida la ciudad.
Preguntas frecuentes
¿Cómo se llamaba la persona que encendía los faroles?
Se le llamaba farolero o encendedor de faroles. En inglés se conoce como lamplighter. Era un empleado municipal encargado de encender, apagar y mantener los faroles del alumbrado público.
¿Con qué herramienta encendía los faroles el farolero?
Utilizaba una lanza o chuzo largo —de hasta tres metros— con un mechero o torcha encendida en la punta y un gancho en el extremo opuesto. Con el gancho abría la válvula de gas o el pestillo del farol; con la llama prendía el gas o la mecha.
¿Cuándo desapareció el oficio de farolero?
El oficio desapareció de forma progresiva entre finales del siglo XIX y las primeras décadas del XX, conforme las ciudades fueron electrificando su alumbrado público. En Madrid, la fecha de extinción se sitúa hacia 1930.
¿Cuántos faroles manejaba un farolero en Madrid?
En Madrid, cada farolero tenía a su cargo una ruta de unos 40 faroles. La ciudad contaba con 115 faroleros para gestionar aproximadamente 4.600 faroles en total.
¿Qué otros trabajos hacía el farolero además de encender los faroles?
Además del encendido y apagado diarios, el farolero limpiaba los cristales, repasaba las mechas, rellenaba el depósito de aceite o verificaba el suministro de gas, y notificaba al ayuntamiento cualquier avería. En algunas ciudades también ejercía funciones de vigilancia nocturna similares a las del sereno.