Propaganda en tiempos de guerra: historia, técnicas y ejemplos
La propaganda bélica es el conjunto de técnicas de comunicación persuasiva empleadas por los Estados, ejércitos y otros actores en conflicto con el fin de influir en la opinión pública, moldear la percepción del enemigo y movilizar recursos humanos y materiales a favor de una causa armada. Lejos de ser un fenómeno moderno, su uso se documenta desde la Antigüedad, aunque alcanzó una sofisticación sin precedentes durante los conflictos del siglo XX y continúa evolucionando en la era digital, como evidencian las campañas de desinformación ligadas a la guerra en Ucrania, activas en 2026.

Orígenes y evolución histórica
Las primeras formas de propaganda bélica se basaban en relatos orales, poemas épicos y símbolos religiosos destinados a reforzar la cohesión del grupo y legitimar la violencia contra el adversario. Las cruzadas medievales constituyen un ejemplo temprano de movilización masiva a través del discurso, donde la Iglesia Católica construyó narrativas de guerra justa que impulsaron el reclutamiento a lo largo de toda Europa occidental.
Con la invención de la imprenta en el siglo XV, la difusión de mensajes persuasivos se multiplicó exponencialmente. Sin embargo, fue en el siglo XX, con la aparición de los medios de comunicación de masas —prensa, radio, cine y televisión—, cuando la propaganda bélica se convirtió en un instrumento de Estado sistemáticamente planificado y ejecutado.
Principales técnicas propagandísticas
A lo largo de la historia los propagandistas han recurrido a un repertorio de técnicas relativamente estable, adaptado en cada época a los medios disponibles:
- Demonización del enemigo: se construye una imagen deshumanizada del adversario, presentándolo como bárbaro, cruel o amenaza para la civilización. Esto reduce las inhibiciones morales frente a la violencia y facilita el reclutamiento.
- Victimización propia: el propio bando se presenta exclusivamente como víctima de una agresión injustificada, lo que legitima la respuesta armada ante la opinión pública nacional e internacional.
- Control del flujo informativo: se suprimen las noticias desfavorables —bajas propias, derrotas, crímenes de guerra— mientras se amplifican los éxitos militares y los supuestos crímenes del enemigo.
- Atribución exclusiva de responsabilidad: se construye la narrativa de que el conflicto es responsabilidad única del adversario y de que el propio bando actúa en legítima defensa o por motivaciones altruistas.
- Exageración de atrocidades: hechos reales o inventados se amplifican y generalizan para crear una imagen de maldad sistemática del enemigo.
- Apelación a valores universales: la guerra se enmarca en términos de libertad, civilización, fe o justicia, lo que le confiere una dimensión moral que trasciende los intereses materiales en juego.
- Repetición: la reiteración continuada de un mensaje lo normaliza y lo hace aparecer como verdad incontestable.
La Primera Guerra Mundial: profesionalización de la propaganda
La Gran Guerra (1914–1918) marcó el punto de inflexión en la institucionalización de la propaganda bélica. El Reino Unido creó en 1914 la War Propaganda Bureau, con sede en Wellington House, que reclutó a escritores de renombre —entre ellos H. G. Wells y Arthur Conan Doyle— para producir panfletos y libros destinados a justificar la entrada en guerra y ganarse la simpatía de la opinión pública neutral, especialmente en Estados Unidos.
Los carteles alcanzaron especial relevancia como herramienta de reclutamiento y cohesión civil. En el bando aliado proliferaron imágenes que retrataban al soldado alemán como un ser brutal y sin escrúpulos, mientras que en Alemania se difundía la imagen del Keiserreich como nación asediada por una coalición envidiosa. En 1917, el presidente Woodrow Wilson creó el Committee on Public Information (CPI), que produjo películas, carteles, artículos de prensa y organizó una red de oradores públicos —los llamados Four Minute Men— para difundir el mensaje bélico en todo el país.
La Segunda Guerra Mundial: cine, radio y propaganda total
El conflicto de 1939–1945 elevó la propaganda bélica a la categoría de política de Estado integral. En la Alemania nazi, el Ministerio de Propaganda del Reich, dirigido por Joseph Goebbels, controló todos los medios de comunicación con el objetivo de movilizar a la población, difundir el antisemitismo y sostener el esfuerzo bélico. El cine fue especialmente determinante: documentales como El triunfo de la voluntad (1935), de Leni Riefenstahl, establecieron un modelo de propaganda visual de gran impacto emocional.
Los Aliados también desarrollaron sofisticadas operaciones propagandísticas. La BBC emitía en múltiples idiomas hacia la Europa ocupada, mientras que la Oficina de Información de Guerra estadounidense coordinaba la producción de películas de Hollywood, cómics, carteles y programas de radio. El uso de operaciones negras —difusión de información falsa bajo identidades ficticias enemigas— fue sistemático en ambos bandos.
La Guerra Fría y Vietnam: propaganda ideológica y mediática
Durante la Guerra Fría (1947–1991), la propaganda bélica adquirió una dimensión ideológica global. Estados Unidos y la Unión Soviética invirtieron recursos ingentes en radiodifusión internacional —Radio Free Europe, Voice of America, Radio Moscú— para proyectar sus respectivos modelos políticos y económicos sobre audiencias en todo el mundo.
La guerra de Vietnam (1955–1975) introdujo una variable inédita: la contrainformación periodística. Las imágenes transmitidas por televisión de los horrores del conflicto —especialmente la fotografía de Nick Ut de 1972 mostrando a una niña quemada por napalm— erosionaron la narrativa oficial del gobierno estadounidense y contribuyeron al crecimiento del movimiento antibélico. Vietnam demostró que el control propagandístico podía quebrarse cuando los medios de comunicación ganaban autonomía respecto al poder político.
La era digital: desinformación, redes sociales e inteligencia artificial
El siglo XXI ha transformado radicalmente el ecosistema de la propaganda bélica. Las redes sociales permiten la difusión instantánea y viral de contenidos sin necesidad de intermediación periodística, mientras que la inteligencia artificial generativa ha facilitado la producción masiva y automatizada de desinformación, desde vídeos manipulados (deepfakes) hasta artículos falsos adaptados a contextos locales.
El conflicto entre Rusia y Ucrania, iniciado en 2022 y activo en 2026, constituye el caso más documentado de propaganda bélica digital contemporánea. Tras la suspensión de los canales RT y Sputnik en Europa, los operadores rusos recurrieron a redes de portales apócrifos, cuentas automatizadas en redes sociales y campañas de desinformación dirigidas a audiencias específicas en distintos países. Según el Atlantic Council, embajadas rusas en América Latina adaptaron narrativas antiucranianas al contexto de cada país: en Brasil predominó el encuadre de "operación de desnazificación", en Argentina el de "desmilitarización" y en Chile el de "Ucrania como agresora original". En paralelo, Ucrania desarrolló su propia maquinaria de comunicación estratégica, con gran eficacia en redes sociales occidentales, que contribuyó a mantener el apoyo internacional.
En 2026, organizaciones como Maldita.es y Verificat documentan que la desinformación prorusa continúa evolucionando en sofisticación, con un uso creciente de contenido generado por IA para producir materiales más difíciles de detectar.
Efectos y límites de la propaganda bélica
La eficacia de la propaganda bélica depende de múltiples factores: el grado de control estatal sobre los medios de comunicación, la credibilidad previa de las fuentes, la presencia de medios alternativos y el nivel de alfabetización mediática de la población. En sociedades con alta pluralidad informativa, la propaganda estatal choca con la verificación periodística independiente y los movimientos cívicos de contrapropaganda. En contextos autoritarios, el control informativo puede sostenerse durante más tiempo, pero genera también fenómenos de escepticismo generalizado y rumor.
La propaganda también tiene efectos secundarios no siempre deseados: puede radicalizar a sectores de la propia población, generar ciclos de odio difíciles de desactivar tras el fin del conflicto y deteriorar la credibilidad de las instituciones cuando la realidad contradice las narrativas oficiales.
Preguntas frecuentes
¿Cuál es la diferencia entre propaganda y desinformación?
La propaganda es comunicación persuasiva que selecciona y enmarca información para movilizar emociones o conductas; no implica necesariamente falsedad, aunque con frecuencia distorsiona o exagera. La desinformación consiste en la difusión deliberada de contenidos falsos o engañosos. En la práctica bélica moderna ambas se combinan: la propaganda utiliza hechos reales presentados de forma sesgada, mientras que la desinformación introduce elementos directamente inventados.
¿Qué papel jugó el cine en la propaganda de la Segunda Guerra Mundial?
El cine fue una herramienta central de propaganda en ambos bandos. En la Alemania nazi, el Ministerio de Goebbels controló toda la producción cinematográfica. En Estados Unidos, Hollywood colaboró estrechamente con la Oficina de Información de Guerra para producir películas que justificaban el esfuerzo bélico y retrataban al enemigo de forma negativa. El director Frank Capra dirigió por encargo del ejército la serie documental Why We Fight (1942–1945), vista por millones de soldados y civiles.
¿Cómo funciona la propaganda bélica en las redes sociales?
En las redes sociales, la propaganda bélica opera mediante cuentas automatizadas (bots), redes coordinadas de usuarios reales, amplificación algorítmica de contenidos emocionales y producción de contenido visual o audiovisual diseñado para su difusión viral. La IA generativa permite crear imágenes, vídeos y textos falsos de alta calidad a bajo coste. Los algoritmos de las plataformas, optimizados para la interacción, favorecen la difusión de contenidos que generan emociones intensas como miedo, indignación o orgullo.
¿Puede la población protegerse de la propaganda bélica?
La alfabetización mediática y el pensamiento crítico son las principales herramientas defensivas frente a la propaganda. Contrastar fuentes diversas, verificar la procedencia de imágenes y vídeos, consultar organizaciones de verificación de hechos (fact-checkers) y mantener distancia crítica ante contenidos que generan emociones muy intensas son prácticas que reducen la vulnerabilidad. A nivel institucional, la regulación de plataformas digitales y el apoyo al periodismo independiente contribuyen a crear entornos informativos más resistentes a la manipulación.
¿Qué es la «operación negra» en propaganda bélica?
Una operación negra (black operation) es una acción de propaganda en la que se oculta o falsifica la identidad del emisor real. El mensaje se presenta como procedente de una fuente neutral, del propio enemigo o de una organización ficticia, con el fin de hacerlo más creíble o de generar confusión en las filas contrarias. Durante la Segunda Guerra Mundial, propagandistas británicos emitían programas de radio haciéndose pasar por oficiales alemanes descontentos para difundir información falsa dentro de Alemania.